viernes, 26 de febrero de 2016

Tuve un Sueño



Yo también tuve un sueño.

Mi pequeño ser, mi niño o niña  interna, tuvo un sueño. Soñó y soñé que la campaña electoral episcopal había culminado. En mi sueño me encontraba en tiempo de reflexión. Tiempo para orar y meditar antes de emitir mi voto. 

Había silencio y paz, no habían reuniones ni encuentros, ni llamadas telefónicas, ni visitas inesperadas. No se escuchaban pronósticos ni estadísticas. Se había terminado el concurso de endosos. No había discrimen ni favoritismo, ni conflictos de interés. Nadie hacia la pregunta inoportuna ¿"Por quién vas a votar"? 

Nadie pudo comprometerme con palabrerías o intimidarme con su autoridad ni ganarme con sus promesas. No decidí mi voto por temor ni lo vendí por lentejas. No escuché voces y ruido; escuché mi conciencia. 

En mi sueño pensaba en el futuro de mi iglesia y no fui egoísta, puse a Dios y la Iglesia primero y a mí último. Dije en mi sueño, daré un voto de conciencia.


Desperté con alegría, Dios me había visitado, Él hará su obra y yo seré parte de eso. 

No soy el Dr. King, ni cerca, pero te invito a compartir mi sueño. 


Con regocijo,
David Febo Serrano

martes, 2 de febrero de 2016

“Señor, ¿Cuál es tu Iglesia?"




"Lo que en realidad importa no son tanto las Iglesias sino el fenómeno cristiano y su función benéfica para la espiritualidad de los seres humanos."

Aquí comparto un relato de Leonardo Boff que encontré interesante... para meditar

Recuerdos de un carnaval de Iglesias


  Una imagen poderosa me acompaña desde hace años: la celebración de los mil años de cristianismo en Rus, la antigua Rusia. Nos da pistas para el verdadero ecumenismo.

En 1989, el gobierno soviético y la Iglesia Ortodoxa convidaron a las celebraciones a representantes cristianos de todas las denominaciones existentes en la faz de la Tierra. Había más de mil denominaciones, desde la Iglesia de la Liberación en América Latina (que Gustavo Gutiérrez y yo representábamos, para irritación de las autoridades romanas y gozo de los marxistas) hasta la pequeñita Iglesia de Galilea, cuyos representantes se remontan a los parientes de Jesús.

Reunidos en el Teatro Bolshoi durante todo un día, cada denominación expresaba su fe, en pocos minutos, y formulaba buenos deseos al pueblo ortodoxo ruso. Parecía un carnaval cristiano, tal era la profusión de indumentarias, de colores y de títulos honoríficos. Todos durante aquella semana de celebraciones desfilaban en sus trajes con garbo y elegancia. Yo circulaba con mi sencillo hábito de franciscano, con capucha y cordón, representando indignamente a la Iglesia de los pobres de América Latina.

En las conversaciones de aquellos días percibí que cada iglesia se consideraba la verdadera.

Y todos sus representantes, especialmente los venidos de Roma, caminaban soberbios portando sobre su espalda algo que imaginan solamente ellos pueden llevar: la verdad revelada, todos los medios de salvación y la única Iglesia de Cristo (las otras apenas tendrían "elementos eclesiales"). Algunos andaban curvados bajo el peso de tanta pretensión.

Pensaba para mí mismo: todos aciertan y todos se equivocan.

Todos aciertan porque nadie está fuera de Cristo y alejado de la verdad. Todos se equivocan porque nadie puede contener en sus vasijas todo el agua del océano cristiano.


En un momento de la ceremonia, angustiado, lancé al cielo esta pregunta: “Señor, ¿cuál es tu Iglesia, quienes son los tuyos? ¡Revélamelo por tu inmensa bondad!” Y escuché, en el cielo de mi mente, esta respuesta: “Todos son los míos, todos tienen mi herencia y todos componen mi Iglesia”.

Efectivamente, sin las Iglesias, Cristo tal vez habría sido tragado por el olvido, como lo fueron tantos místicos y maestros espirituales.

Pero ellas no sustituyen a Cristo, sólo lo representan. No son la Luz, sino la lamparita.

Las personas que no perciben este matiz fundamental dicen pesarosas: entre la Iglesia y Cristo prefiero quedarme con Cristo. Otros, más sensatos, relativizan la Iglesia y dicen: quedémonos con Jesús y con la Iglesia, pero cada uno a su nivel. El nivel absoluto y fundador es Cristo. El nivel relativo y fundado es la Iglesia. Cristo es el sol que irradia por sí mismo; la Iglesia, la luna, iluminada por el sol.

Como todas las Iglesias portan la memoria de Jesús, todas deben vivir en comunión de reciprocidad. Juntas-en-relación-recíproca forman la única Iglesia de Jesús y de Dios en la Tierra.

Lo que en realidad importa no son tanto las Iglesias sino el fenómeno cristiano y su función benéfica para la espiritualidad de los seres humanos. Todas las Iglesias son de Cristo, pero Cristo es para los humanos y los humanos son para los otros humanos, hombres y mujeres, y todos somos para Dios.